Cuba, sabor a tradiciones

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Cuba, tierra de costumbres y tradiciones que permanecen fértiles a lo largo del tiempo y que hermanan a cada cubano, más allá de su edad, profesión o residencia actual. ¿Quién que haya pisado alguna vez “la tierra más hermosa que ojos humanos han visto” –como la bautizara el mismísimo descubridor español- no añora volver a compartir con su gente, sus ricas tradiciones?

Ni el paso de los años, ni las mejores experiencias vividas en lejanas tierras, puede borrar de los sentidos esa sensación a café recién colado, compartido con los amigos del barrio en los juegos de dominó. Pareciera que la Isla, con sus festividades típicas, se colara en nuestras maletas el día que decidimos partir de ella y latiera con mayor fuerza a cada sitio que vamos; recordándonos que la idiosincrasia es aquello que no nos abandona nunca.

Al llegar cada diciembre, cerramos nuestros ojos para transitar por los senderos del recuerdo; esos que pueden llevarnos hasta nuestro antiguo pueblo, junto a quienes crecimos, para compartir nuevamente de las fiestas de fin de año. Entonces, los cuentos de los compadres entre los traguitos de Habana Club, el crujir de la vara por el cerdo que se asa, el congrí y la yuca con mojo, aparecen ante nuestra vista junto a una sensación tan peculiar que nos humedece tanto los labios como las mejillas.

vendedora de maní

Meses después -justo cuando alguien podría pensar que ya olvidamos nuestras raíces- nos sorprendemos recordando las Romerías de Mayo, donde las calles de Holguín seducen a cientos de viajeros para disfrutar de la buena literatura, la trova y las seductoras vistas desde la Loma de la Cruz; ese emblemático lugar donde tantos nos prometimos amor eterno o depositamos algunas monedas, a la espera de un sueño.

O, ¿quién no siente ganas de volver a la Tierra Caliente –la bellísima Santiago de Cuba- para caminar a paso de conga en la Fiesta del Fuego? Allí, invitados de numerosos países danzan junto a los lugareños en las festividades dedicadas a las deidades afrocubanas, sorprendidos por un pueblo alegre que acompaña cada año el Desfile de la Serpiente o que pide lo mejor para los suyos en cada Quema del Diablo. El estudiante, el obrero, el médico, el deportista, el blanco y el hombre negro, olvidan sus diferencias para recordar el Caribe que nos une y enseñarles a nuestros hijos que, los buenos valores, valen más que todo el oro del mundo.

No hay dudas de que el sabor a tradiciones queda tatuado en nuestras mentes el día de nuestro nacimiento. No hace falta, incluso, saber bailar danzón, mambo o una buena rumba, ni saber jugar pelota –como llamamos al béisbol comúnmente- para sentirnos cubanos; basta con escuchar una pieza musical o sentir que la sangre nos arde ante el triunfo de nuestros coterráneos, para querer decir con orgullo que somos cubanos.

Quizás, no usemos ya la típica guayabera, ni el sombrero de yarey o hayamos cambiado las décimas que aprendimos desde niños por canciones más contemporáneas. Puede que  ahora degustemos deliciosos platos en otros lugares o que la hermosura de otras tierras haya deslumbrado nuestra vista, pero dondequiera que veamos a alguien vestir esas prendas, escuchemos los acordes de una guitarra, disfrutemos de un buen tamal o de playas tan hermosas como las nuestras; la gente volverá a parecerse a los nuestros, se despertarán los sentidos y volveremos a sentir esa sensación peculiar que nos recuerda que, a Cuba, más que bajo los pies, se la lleva en el corazón.

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